Pablo estaba nervioso. Sabía que este día llegaría tarde o temprano, pero no estaba seguro de estar a la altura. Todos sus amigos ya lo habían hecho y él no quería ser menos, pero tampoco quería llegar hasta los cuarenta sin vivir esa experiencia. De modo que decidió recurrir a profesionales. Treinta euros es una cantidad moderada, pero a Pablo le pareció un precio demasiado alto. De todos modos lo aceptó. Parece que la crisis no disminuye sus clientes..., se dijo a sí mismo mientras se disponía a empezar.
Se enfundó el látex sobre su piel sudorosa. Cuando se enfrentaba a algo nuevo empezaba a transpirar como si no hubiera mañana. El sudor complicó un poco el proceso, pero se aseguró de que estuviera bien colocado. Hubo un momento en que a causa del pavor estuvo a punto de echarse atrás, pero echó el miedo a un lado y la metió hasta el fondo. La sensación era extraña: estaba eufórico por estar haciendo al fin lo que tanto había deseado pero al mismo tiempo no le parecía nada del otro mundo. Había visto muchos vídeos a escondidas para saber lo que tenía que hacer, pero como él siempre decía sobre todo una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. No sabría decir cuánto tiempo estuvo allí. ¿Un minuto? ¿Quizá dos? Parecía poco, pero para él era más que suficiente. Cuando acabó se aseguró de que hubiera salido hasta la última gota y se apartó del agujero, aquel agujero hasta hoy lleno de misterio pero del que creía ya saber todo.
Una vez realizado el acto se quitó el guante de látex y lo tiró a una papelera cercana, tras lo que se acercó a la dependienta y pagó lo que debía. Se montó en el coche y lo arrancó. Encendió sin problema, la aguja del depósito indicaba que estaba lleno. Perfecto.
Hoy Pablo se convirtió en todo un hombre.
Hoy Pablo le echó él mismo gasolina al coche.
genial jaja me moló mogollón
ResponderEliminar