Me despierto con todo el brazo babado y con un sabor a mierda en la boca inaguantable. Muy fea tenía que haber sido la tía ayer para que me dejara ese regustillo. O eso, o es que su higiene íntima dejaba mucho que desear. Me giro para verla pero no hay nadie. Lo que me imaginaba: anoche llegué más sólo que un perro.
Voy hacia la ventana para abrirla y para ver qué pasaba por la calle. Enciendo un cigarro y a la segunda calada noto un pollo que se abría paso por la garganta. Escupo hacia fuera a ver si es capaz de volar pero nada, describe una parábola perfecta hacia el suelo. Bueno, o yo creía que iba a caer en el suelo, porque la vieja que pasaba por debajo no pensaba lo mismo
-Guarro! Maleducado! Cerdo!
-Señora, aclárese antes de decirme nada
-Vergüenza te tendría que dar! Mira cómo me dejaste el pelo!
-Bueno mujer, para el poco pelo que le queda no es para ponerse así no?
-Ya verás como encuentre a tus padres qué poca gracia les hace cuando se lo diga!
-A mí también me gustaría poder decírselo, pero desgraciadamente ya no están con nosotros... -suspiré, mientras miraba al horizonte.
La señora se quedó blanca (más aún de su tono natural) y se fue sin decir nada más. Cuando dio la vuelta a la esquina solté una carcajada que hizo que una gaviota que estaba saboreando parte del manjar que había escupido pasara volando frente a mis narices. Mentir está mal, lo sé, pero yo no había dicho nada que no fuese verdad: mis padres me habían traído el día anterior y ya se habían ido, si la otra interpretó mal mis palabras no es mi problema no?
Cuando acabé el cigarro tiré la colilla a la acera (mirando esta vez sí si pasaba alguien) y fui a desayunar algo. Antes miré el reloj: las tres de la tarde. Bueno, igual era mejor idea comer, visto lo visto.
Aproveché el camino hasta la puerta para quitarme el calzoncillo de la raja y de paso darme una buena rascada de culo, lo que hizo que una sonrisita asomara a mis labios. Sin embargo cuando llegué a la cocina hice como cuando Busquets juega contra el Madrid: me eché las manos a la cara. La situación que me acababa de encontrar era, cuanto menos, peculiar. Por un lado estaba Eric durmiendo en el sofá con medio cuerpo colgando y roncando como un cerdo. No me extrañó, en peores poses he tenido el "placer" de verlo. Lo que nunca había visto era a Jose haciendo lo que estaba haciendo: tocándose el paquete mientras metía y sacaba los dedos de un bote de mermelada. Para redondear la jugada tenía los ojos cerrados y susurraba "María".
Cuando mi cerebro fue capaz de procesar toda la información que sin querer había recibido fui capaz de decir algo
-Jose, perdona que te interrumpa en esta situación tan íntima pero... SE PUEDE SABER QUÉ COJONES HACES CON LA PUTA MERMELADA???
-Hostia tío! Qué marrón! Nada, que iba a comerme unas tostadas pero estaban todos los cuchillos sucios y no quería lavar, entonces para extenderla metí un dedo y bueno, me acordé de María, una cosa llevó la otra y ya ves... Tiene gracia eh?
-Gracia? Lo que tiene es delito! Eres un puto enfermo, normal que María te dejara, macho...
-Eh! Que tener apetito sexual no es ninguna enfermedad, que ya miré en internet!
-Ya, pero hacerle un puto dedo al desayuno sí que es para que te lo miren... Anda, despierta a ése que yo voy a ver si Ángel sigue vivo
Le di la espalda y mientras me alejaba escuché lo típico de todas las mañanas: ZASCA! "Ah! Gilipollas, qué haces?" "Joder, me dijo Vila que te despertara!" "Y te dijo que me despertaras pegándome una hostia en la garganta" "No, pero así es más divertido jeje". Tras esa conversación digna de los mejores pensadores de la historia intenté abrir la puerta de la habitación de Ángel pero estaba cerrada.
-Eh! Sabéis si este se trajo alguna tía ayer? Es que iba a abrir pero tiene la puerta cerrada con pestillo
-Tía? La única cosa que se trajo ayer fue una cogorza de tres pares de cojones. Tuvimos que ayudarlo a subir las escaleras que se nos caía, no te acuerdas?
-De lo único que me acuerdo de ayer es de que el camarero me dijo "No, el whisky no es de garrafón, tranquilo!", y a partir de ahí todo está borroso
Llamé a la puerta y grité su nombre sin recibir ningún signo de vida de ahí dentro. Iba a dejarlo que durmiera la mona cuando un olor me llamó la atención. Me agaché para oler por la rendija entre la puerta y el suelo y de la peste que salía de allí casi vomito. Y lo digo yo, que soporto cosas como ver a un tío poniéndose cachondo con una confitura.
-Ángel! Ángel! Abre tío! Estás bien? Hey, venid que este tío palmó y ya se está pudriendo! Apurad, coño!
-Qué pasa?
-Joder, qué es esa peste?
-No sé, pero viene de la habitación. Ángel! Abre, hostia!
-Aaahhh...
-Dios, dios, se está muriendo! Hay que tirar la puerta abajo! Eric, ábrela tú!
-Yo? Pero si tú eres más fuerte!
-Ya, y tú eres más gordo, así que tírate sobre ella y ya verás cómo cede
-Hay que joderse... En fin, apartad!
Se fue hacia la otra esquina del pasillo y empezó a correr todo lo rápido que podía, que a decir verdad no era mucho. A medida que se acercaba no podía apartar la vista de su cuerpo. No penséis que yo soy de esos, pero es curioso ver cómo se bambolea un tío que mide 1.70 y pesa 120 kilos. Llega a ser hiptonizador, como Homer.
Cuando llegó a la puerta se echó con todo su cuerpo sobre ella, y justo cuando estaba en el aire me di de cuenta de un pequeño detalle: la puerta era de esas que son dos chapas finitas de madera rellenas de cartón, así que el resultado no era difícil de adivinar. Se cargó todo, y por todo me refiero a la puerta, a las bisagras, al pestillo y al marco. Ya estaba pensando cómo explicarle eso al casero cuando lo que vi en la habitación me dejó a cuadros.
Ahí estaba Ángel, tumbado en el suelo en medio de un charco de vómitos y mierda. Pero no mierda en el sentido de "suciedad", no mierda en el sentido de "polvo"; mierda en el sentido de la que producimos todos. Nos apartamos aguantando las náuseas y corrimos hacia el salón a respirar aire fresco. O al menos aire que no oliera a mierda.
Después de diez minutos sentados en el salón, reflexionando acerca de lo que acabábamos de ver, Ángel salió de la ducha. Nos lo quedamos mirando.
-Qué miráis? Me quedó jabón en el pelo?
-Ángel, qué cojones ha sido eso?
-Bueno, veréis: resulta que ayer no llegué en muy buenas condiciones a casa, y cuando me acosté empecé a oír ruidos y pensé que estaba la mafia rusa en el piso y cerré con llave para que no entraran. Lo malo es que a mitad de la noche me entró un apretón y como no me acordé de que estaba cerrado con llave me puse nervioso al intentar abrir la puerta, así que no aguanté más y cagué en el suelo. Pero después me dio asco el olor y también vomité. Después de vomitar me quedé de rodillas y me quedé dormido. Lo siguiente que recuerdo es el sonido como de un terremoto y que estabais todos en la habitación con la puerta rota.
-Madre del amor hermoso...
Así que allí estaba yo, rodeado de tres tarados mentales el primer día de nuestras vacaciones. Me vestí y fui a comer algo al bar de abajo, que con ese olor no había quien aguantara dentro del piso.
Continuará...
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sábado, 21 de mayo de 2011
sábado, 19 de febrero de 2011
Catorce de febrero
Gonzalo estaba algo nervioso. Llevaba dándole vueltas a una idea en la cabeza desde hacía mucho tiempo y hoy era el día que debería llevarla a la práctica, pero cada vez que quería decirlo se quedaba sin voz y lo único que salía de su boca era un ininteligible sonido gutural. Sin embargo cada vez quedaba menos tiempo para hacerlo, por lo que hizo de tripas corazón y miró a su compañera.
-María, la verdad es que el motivo por el que quedé hoy contigo no es sólo para dar un paseo...
María frunció el ceño y lo miró con cara de desconfianza.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó con un tono que indicaba que estaba dispuesta a ayudarlo pero que no se pasara en su petición.
-Verás, como seguro que sabes hoy es San Valentín -empezó a explicar Gonzalo-, y hay una chica que me gusta desde hace mucho tiempo pero no sé cómo decirle lo que siento. En realidad sí que sé lo que quiero decirle, pero tengo miedo a meter la pata y que se lo tome a mal...
-¡Ah, es eso! -María suavizó su expresión y le dedicó una sonrisa para confortarlo-. Mira, lo más importante es que hables con el corazón y que lo digas con confianza. La chica tiene que creerse lo que escucha y eso sólo lo conseguirás si te lo crees tu primero -le explicó, al tiempo que le guiñaba un ojo-. De todos modos, ¿quedaste conmigo sólo para que te dijera esto?
-En realidad no -replicó Gonzalo-. La verdad es que lo que me dijiste es algo que ya tenía más o menos claro, lo que pasa es que creo que lo haría mejor si lo hubiera practicado antes... No sé si ves por dónde van los tiros.
-¡Hala! Así que quieres que te haga de sparring, ¿eh?
-No mujer, no te lo tomes así... Lo que pasa es que eres una chica con la que tengo mucha confianza y sé que esto va a quedar entre los dos, y además si digo algo malo me ayudarás a corregirlo -María parecía indignarse, por lo que Gonzalo pensó que lo mejor era que se lo explicara antes de que la cosa acabara mal.
-Bueno, visto así... De todos modos hoy no tengo ningún plan con ningún chico, así que será algo bonito aunque sea de mentira -le sacó la lengua a medida que hablaba y Gonzalo se tranquilizó al ver que su amiga lo había entendido-. Pues cuando quieras empieza y después te doy mi opinión, ¿vale?
-Vale, vamos allá... La verdad es que es más difícil de lo que había imaginado... -Gonzalo se aclaró la garganta y empezó con su particular dedicatoria de amor-. Verás, como tú bien sabes nos conocemos desde hace unos meses y desde del primer momento no me dejaste indiferente. Antes de que empezáramos a hablar ya me había fijado en ti en clase y te soy sincero cuando te digo que me dejaste encandilado: nunca me había pasado que al ver a una chica me sintiera tan atraído por ella. El día en que nos presentaron fue muy especial para mí, porque veía más cerca el momento de que tú sintieras lo que siento yo por ti y empezáramos a estar juntos. Pero como siempre me pasa, desde el primer momento me viste como a un amigo y no como una posible pareja, y así hemos estado todo este tiempo. Sin embargo, si algo he aprendido en los últimos años es que tienes que jugar tus cartas e ir siempre a por todas, por lo que no me lo voy a guardar más para mí: te quiero. Te quiero desde hace tiempo y me gustaría poder estar a tu lado.
Gonzalo se calló y pensó en lo que acababa de decir. La verdad es que no le salió tal y como lo tenía planeado, pero al menos le había salido un discurso bastante decente. O eso creía. Miró a María para tratar de ver en su cara lo que pensaba, y no sabía si lo que vio lo tranquilizaba o lo ponía nervioso. María estaba mirando para él con expresión seria. Podía ver un extraño brillo en sus ojos que al principio lo achacó al exceso de claridad, pero desechó la idea al darse cuenta de que estaban sentados en un banco del parque en semioscuridad.
-¡Pero di algo! ¿O es que es algo tan ñoño que te quedaste sin palabras? -Gonzalo rompió el silencio. Ese silencio lo incomodaba demasiado.
-Joder, Gonzalo... -al principio se alarmó por esas palabras, pero se tranquilizó mucho al escuchar lo que seguía-. Es precioso. Se nota que tu cerebro no pensaba mientras hablabas, que salía todo de tu corazón. Hasta creo que me he emocionado... -comentó María, mientras se le escapaba una pequeña carcajada-. Mira, díselo a la chica porque te aseguro que te la vas a ganar.
-¿De verdad crees que se lo debo decir?
-Sí, sin ninguna duda.
-Pues es gracioso que lo digas, porque lo acabo de hacer -replicó Gonzalo con una sonrisa.
María se quedó desconcertada. ¿Se lo acababa de decir? ¿Cómo? ¿Acaso le mandó un mensaje de texto a la chica mientras ella luchaba por no llorar? No, eso desde luego que no; Gonzalo no era el tipo de chico que hacía así las cosas. Entonces lo entendió, pero al principio no se lo podía creer. ¿Cómo era posible que le estuviera diciendo eso a ella, cuando había chicas mucho más guapas que lo pretendían? Por supuesto que eso explicaría muchas cosas, pero aún así... Se giró hacia él para decirle lo que estaba pensando, cuando una mano en la parte posterior de su cabeza y unos labios en su boca la sorprendieron. Gonzalo la estaba besando, y ella se dejó llevar. De repente Gonzalo se separó de ella y le susurró al oído un Te quiero lleno de ternura. Esta vez ella no reprimió las lágrimas y con una sonrisa en su boca le dijo que ella también lo quería desde hacía tiempo. Se volvieron a fundir en un beso que nunca querían acabar...
Gonzalo releyó lo que había escrito y le pareció una buena entrada para su blog. Mientras encendía un cigarrillo giró la cabeza hacia la derecha y lo que vio en el espejo le heló la sangre. Allí estaba él, enfrente del ordenador, vistiendo su habitual pantalón blanco y más habitual aún camiseta de Mark Price de los Cavs. Pero había algo diferente a lo que estaba acostumbrado a ver. Encima de sus hombros no estaba su cabeza. Estaba la de Forever Alone.
Un grito rompió el silencio de la noche. Gonzalo se despertó bañado en sudor y con el corazón desbocado. Se echó rápidamente las manos a la cabeza y empezó a palpar. Sintió entre sus dedos la barba, su pelo rizado, la cicatriz de su frente. Por suerte todo había sido una pesadilla...
Empezó a pensar en lo que había soñado y al principio le hizo gracia. Pero cuando se dio cuenta de que estaba durmiendo en una solitaria cama y que por la mañana nadie le esperaría se dio cuenta de que el sueño no iba tan desencaminado...
N. del A. Para los que conozcáis el meme Forever Alone pero no sepáis su procedencia, aquí os dejo la viñeta donde fue creado:
-María, la verdad es que el motivo por el que quedé hoy contigo no es sólo para dar un paseo...
María frunció el ceño y lo miró con cara de desconfianza.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó con un tono que indicaba que estaba dispuesta a ayudarlo pero que no se pasara en su petición.
-Verás, como seguro que sabes hoy es San Valentín -empezó a explicar Gonzalo-, y hay una chica que me gusta desde hace mucho tiempo pero no sé cómo decirle lo que siento. En realidad sí que sé lo que quiero decirle, pero tengo miedo a meter la pata y que se lo tome a mal...
-¡Ah, es eso! -María suavizó su expresión y le dedicó una sonrisa para confortarlo-. Mira, lo más importante es que hables con el corazón y que lo digas con confianza. La chica tiene que creerse lo que escucha y eso sólo lo conseguirás si te lo crees tu primero -le explicó, al tiempo que le guiñaba un ojo-. De todos modos, ¿quedaste conmigo sólo para que te dijera esto?
-En realidad no -replicó Gonzalo-. La verdad es que lo que me dijiste es algo que ya tenía más o menos claro, lo que pasa es que creo que lo haría mejor si lo hubiera practicado antes... No sé si ves por dónde van los tiros.
-¡Hala! Así que quieres que te haga de sparring, ¿eh?
-No mujer, no te lo tomes así... Lo que pasa es que eres una chica con la que tengo mucha confianza y sé que esto va a quedar entre los dos, y además si digo algo malo me ayudarás a corregirlo -María parecía indignarse, por lo que Gonzalo pensó que lo mejor era que se lo explicara antes de que la cosa acabara mal.
-Bueno, visto así... De todos modos hoy no tengo ningún plan con ningún chico, así que será algo bonito aunque sea de mentira -le sacó la lengua a medida que hablaba y Gonzalo se tranquilizó al ver que su amiga lo había entendido-. Pues cuando quieras empieza y después te doy mi opinión, ¿vale?
-Vale, vamos allá... La verdad es que es más difícil de lo que había imaginado... -Gonzalo se aclaró la garganta y empezó con su particular dedicatoria de amor-. Verás, como tú bien sabes nos conocemos desde hace unos meses y desde del primer momento no me dejaste indiferente. Antes de que empezáramos a hablar ya me había fijado en ti en clase y te soy sincero cuando te digo que me dejaste encandilado: nunca me había pasado que al ver a una chica me sintiera tan atraído por ella. El día en que nos presentaron fue muy especial para mí, porque veía más cerca el momento de que tú sintieras lo que siento yo por ti y empezáramos a estar juntos. Pero como siempre me pasa, desde el primer momento me viste como a un amigo y no como una posible pareja, y así hemos estado todo este tiempo. Sin embargo, si algo he aprendido en los últimos años es que tienes que jugar tus cartas e ir siempre a por todas, por lo que no me lo voy a guardar más para mí: te quiero. Te quiero desde hace tiempo y me gustaría poder estar a tu lado.
Gonzalo se calló y pensó en lo que acababa de decir. La verdad es que no le salió tal y como lo tenía planeado, pero al menos le había salido un discurso bastante decente. O eso creía. Miró a María para tratar de ver en su cara lo que pensaba, y no sabía si lo que vio lo tranquilizaba o lo ponía nervioso. María estaba mirando para él con expresión seria. Podía ver un extraño brillo en sus ojos que al principio lo achacó al exceso de claridad, pero desechó la idea al darse cuenta de que estaban sentados en un banco del parque en semioscuridad.
-¡Pero di algo! ¿O es que es algo tan ñoño que te quedaste sin palabras? -Gonzalo rompió el silencio. Ese silencio lo incomodaba demasiado.
-Joder, Gonzalo... -al principio se alarmó por esas palabras, pero se tranquilizó mucho al escuchar lo que seguía-. Es precioso. Se nota que tu cerebro no pensaba mientras hablabas, que salía todo de tu corazón. Hasta creo que me he emocionado... -comentó María, mientras se le escapaba una pequeña carcajada-. Mira, díselo a la chica porque te aseguro que te la vas a ganar.
-¿De verdad crees que se lo debo decir?
-Sí, sin ninguna duda.
-Pues es gracioso que lo digas, porque lo acabo de hacer -replicó Gonzalo con una sonrisa.
María se quedó desconcertada. ¿Se lo acababa de decir? ¿Cómo? ¿Acaso le mandó un mensaje de texto a la chica mientras ella luchaba por no llorar? No, eso desde luego que no; Gonzalo no era el tipo de chico que hacía así las cosas. Entonces lo entendió, pero al principio no se lo podía creer. ¿Cómo era posible que le estuviera diciendo eso a ella, cuando había chicas mucho más guapas que lo pretendían? Por supuesto que eso explicaría muchas cosas, pero aún así... Se giró hacia él para decirle lo que estaba pensando, cuando una mano en la parte posterior de su cabeza y unos labios en su boca la sorprendieron. Gonzalo la estaba besando, y ella se dejó llevar. De repente Gonzalo se separó de ella y le susurró al oído un Te quiero lleno de ternura. Esta vez ella no reprimió las lágrimas y con una sonrisa en su boca le dijo que ella también lo quería desde hacía tiempo. Se volvieron a fundir en un beso que nunca querían acabar...
Gonzalo releyó lo que había escrito y le pareció una buena entrada para su blog. Mientras encendía un cigarrillo giró la cabeza hacia la derecha y lo que vio en el espejo le heló la sangre. Allí estaba él, enfrente del ordenador, vistiendo su habitual pantalón blanco y más habitual aún camiseta de Mark Price de los Cavs. Pero había algo diferente a lo que estaba acostumbrado a ver. Encima de sus hombros no estaba su cabeza. Estaba la de Forever Alone.
Un grito rompió el silencio de la noche. Gonzalo se despertó bañado en sudor y con el corazón desbocado. Se echó rápidamente las manos a la cabeza y empezó a palpar. Sintió entre sus dedos la barba, su pelo rizado, la cicatriz de su frente. Por suerte todo había sido una pesadilla...
Empezó a pensar en lo que había soñado y al principio le hizo gracia. Pero cuando se dio cuenta de que estaba durmiendo en una solitaria cama y que por la mañana nadie le esperaría se dio cuenta de que el sueño no iba tan desencaminado...
N. del A. Para los que conozcáis el meme Forever Alone pero no sepáis su procedencia, aquí os dejo la viñeta donde fue creado:
martes, 8 de febrero de 2011
Disparo certero
Un escalofrío recorrió la espalda de Alberto. Muchas cosas habían pasado en las últimas semanas, quizá tantas que no era capaz de procesarlas bien. Gente que ni siquiera conocía se le había acercado para darle consejos, jurando y perjurando que a pesar del más que probable miedo inicial el premio merecía la pena. Alberto se creía fuerte mentalmente, pero a pesar de todo se dejó engatusar por las palabras bonitas y el anhelo de conseguir algo por lo que fuera recordado. Echando la vista atrás se veía incapaz de discernir el momento exacto en el que aceptó el trabajo, ese trabajo del que ya se empezaba a arrepentir. Cada vez que pestañeaba pedía a Dios que cuando abriera los ojos se encontrara metido en cama y todo hubiera sido fruto de su imaginación, pero el peso del rifle en sus manos y el creciente dolor en su clavícula debido a la culata del arma echaban por tierra esos pensamientos: lo que estaba viviendo era completamente real.
Una gota de sudor bajó lentamente por su frente hasta caer en su ojo izquierdo. Frunció el ceño, pero no hizo ningún ademán de limpiarse esa sensible parte del cuerpo que cada vez le escocía más. Le vinieron a la mente escenas de aquellas películas policíacas de serie B que veía en la soledad de su dormitorio, en las que un nervioso doctor luchaba contra el tiempo para poder extraer con éxito la bala que normalmente se alojaba en el tórax del policía protagonista. En ellas el cirujano tenía a su disposición al menos cinco enfermeras, y una se dedicaba en exclusiva a secar su sudorosa frente. Cada vez que Alberto veía eso se echaba a reír, pensando que no era tan difícil levantar un brazo y secarse a la manga de la camisa como hacía todo el mundo. Ahora no le hacía tanta gracia. Joder, ojalá fuera médico, pensó, claro que los médicos se dedican a salvar vidas y no a quitarlas... Abrió y cerró repetidamente el ojo dañado hasta que el dolor empezó a remitir y se centró en la misión que tenía entre manos.
Giró levemente el cañón del rifle hasta que la mirilla estaba perfectamente alineada con su objetivo. El hecho de que lo que estaba apuntando estuviera quieto le facilitaría mucho las cosas, permitiéndole hacer un trabajo limpio y rápido. Se detuvo a pensar si quizá lo había visto y por eso estaba inmóvil o si acaso el motivo pudiera ser que estuviera esperando por un amigo o, peor aún, su novia. Desechó rápidamente esas ideas. Recordó sus días de entrenamiento: ¡nunca te pongas en el lugar de tu objetivo ni fantasees con lo que pueda estar haciendo, si no no serás capaz de hacer nada! Cerró levemente el ojo, apuntó a lo que creía era una zona vital y apretó el gatillo.
El sonido fue corto, potente y seco, y el retroceso hizo que su maltrecho hombro le recordara que no estaba hecho de acero. Se irguió poco a poco y abrió los ojos para comprobar el estado de su víctima. Lo que vio no podía ser más dantesco: su objetivo estaba tambaleándose de pie, a punto de caer, y a su alrededor había esparcidos trozos de su cuerpo mutilado. Antes de desplomarse por completo, Alberto pudo ver en sus vidriosos ojos la incomprensión de no saber qué había hecho para merecerse ese final. Moriría con esa duda. Por su parte, Alberto se giró en redondo y se alejó del lugar mientras una sonrisa comenzaba a florecer en su boca.
-¡¡Premiooo!! ¡¡Tenemos premio, señores!!-. El dueño de la barraca felicitó a Alberto por haber sido capaz de romper el palillo por la mitad, mientras que sus amigos hacían lo propio acompañando la celebración con algún que otro aullido cual lobos en celo. Albertó eligió un peluche con forma de oso y alargó el brazo para regalárselo a su novia, quien le correspondió con un beso. Había conseguido lo que quería.
Misión cumplida.
Una gota de sudor bajó lentamente por su frente hasta caer en su ojo izquierdo. Frunció el ceño, pero no hizo ningún ademán de limpiarse esa sensible parte del cuerpo que cada vez le escocía más. Le vinieron a la mente escenas de aquellas películas policíacas de serie B que veía en la soledad de su dormitorio, en las que un nervioso doctor luchaba contra el tiempo para poder extraer con éxito la bala que normalmente se alojaba en el tórax del policía protagonista. En ellas el cirujano tenía a su disposición al menos cinco enfermeras, y una se dedicaba en exclusiva a secar su sudorosa frente. Cada vez que Alberto veía eso se echaba a reír, pensando que no era tan difícil levantar un brazo y secarse a la manga de la camisa como hacía todo el mundo. Ahora no le hacía tanta gracia. Joder, ojalá fuera médico, pensó, claro que los médicos se dedican a salvar vidas y no a quitarlas... Abrió y cerró repetidamente el ojo dañado hasta que el dolor empezó a remitir y se centró en la misión que tenía entre manos.
Giró levemente el cañón del rifle hasta que la mirilla estaba perfectamente alineada con su objetivo. El hecho de que lo que estaba apuntando estuviera quieto le facilitaría mucho las cosas, permitiéndole hacer un trabajo limpio y rápido. Se detuvo a pensar si quizá lo había visto y por eso estaba inmóvil o si acaso el motivo pudiera ser que estuviera esperando por un amigo o, peor aún, su novia. Desechó rápidamente esas ideas. Recordó sus días de entrenamiento: ¡nunca te pongas en el lugar de tu objetivo ni fantasees con lo que pueda estar haciendo, si no no serás capaz de hacer nada! Cerró levemente el ojo, apuntó a lo que creía era una zona vital y apretó el gatillo.
El sonido fue corto, potente y seco, y el retroceso hizo que su maltrecho hombro le recordara que no estaba hecho de acero. Se irguió poco a poco y abrió los ojos para comprobar el estado de su víctima. Lo que vio no podía ser más dantesco: su objetivo estaba tambaleándose de pie, a punto de caer, y a su alrededor había esparcidos trozos de su cuerpo mutilado. Antes de desplomarse por completo, Alberto pudo ver en sus vidriosos ojos la incomprensión de no saber qué había hecho para merecerse ese final. Moriría con esa duda. Por su parte, Alberto se giró en redondo y se alejó del lugar mientras una sonrisa comenzaba a florecer en su boca.
-¡¡Premiooo!! ¡¡Tenemos premio, señores!!-. El dueño de la barraca felicitó a Alberto por haber sido capaz de romper el palillo por la mitad, mientras que sus amigos hacían lo propio acompañando la celebración con algún que otro aullido cual lobos en celo. Albertó eligió un peluche con forma de oso y alargó el brazo para regalárselo a su novia, quien le correspondió con un beso. Había conseguido lo que quería.
Misión cumplida.
domingo, 6 de febrero de 2011
Basado en hechos reales
La música se elevaba por encima de las insustanciales conversaciones que eran mantenidas en el pub. La gente discutía sobre si una prenda de ropa quedaba mejor con zapatos o con tenis, sobre si Cristiano Ronaldo estaba en mejor momento que Messi, sobre todas esas nimiedades usadas para crear esa falsa sensación de camaradería que la gente tanta ansía, sobre todo de noche. Martín no prestaba atención a nada de eso. Había cometido un gran error del que ya se empezaba a arrepentir, pero ya no había vuelta atrás...
Se sentó en la mesa que sus amigos habían reservado. Pidió una cerveza como todos los demás y trató de saborearla, pero el recuerdo aún demasiado reciente de lo que acababa de ocurrir no le permitió disfrutar de la bebida. Sus compañeros al principio no repararon en la mala cara que tenía; al fin y al cabo, era un tío al que la vida no sonreía y no estaba pasando por su mejor momento, por lo que no era raro verlo apagado. Pero cuando habían pasado más de diez minutos y vieron que Martín no se había reído con ninguna de las tonterías que decían se empezaron a preocupar.
-Oye tío, ¿estás bien? -le preguntaron, esperando oír algo malo, como casi siempre que les confesaba cualquier cosa. Martín vaciló. Por un lado no quería contar lo que acababa de pasar, pero por otro lado estaba rodeado por gente que le conocía y que lo entendía, por lo que si debía contárselo a alguien sin duda era a ellos. Así que tomó aire, cerró los ojos y empezó a hablar.
Sudores fríos empezaron a recorrer la espalda de Martín a medida que se acercaba al desenlace de su particular historia. Cuando pronunció la última palabra se sintió extraño: por un lado estaba más tranquilo una vez que lo había contado pero por otra parte no sabía cuál iba a ser la reacción de sus colegas. Empezó a estudiar lo que hacían, tratando de discernir si lo comprendían o lo culpaban. Las reacciones fueron de lo más variopintas: unos se le quedaron mirando mientras que otros en cambio no podían sostenerle la mirada, pasando por los que trataban de desentenderse del tema mientras pelaban con las uñas el botellín de cerveza. De repente Martín se dio cuenta. No importaba con quién estuviera, no importaba si contaba su horrible secreto o no: ese áurea que hacía que los demás se apartaran de él le iba a acompañar a cualquier sitio al que fuera. Con la entereza que le solía caracterizar se levantó de la silla y dijo que no quería arruinarle la noche a los demás y que se iba a su casa. Al menos allí no tenía más compañía que la de sus dos fieles perros que estaban incondicionalmente con él, a pesar de que hiciera cosas horribles como la que acababa de hacer.
Sus amigos trataron de retenerle y tratar de olvidar lo que había pasado, pero fue en vano. Martín había tomado una decisión y la iba a cumplir. Recorrió como pudo la distancia que lo separaba de la puerta y se marchó del local. Quizá el áurea que lo acompañaba se hacía cada vez más notable o quizá eran imaginaciones suyas, pero juraría que la gente se le quedaba mirando a medida que andaba por la calle que lo llevaba a su casa. Llegó media hora después, pálido y sudoroso. Por el camino había estado recapacitando sobre lo que había hecho y había tomado la determinación de no cometer más el mismo error. La cárcel está llena de gente que comete errores..., se lamentó mientras notaba cómo una lágrima corría por su mejilla. Se denudó y entró en la ducha. El agua fría le hacía sentirse menos sucio al mismo tiempo que suponía una especie de autoflagelamiento como castigo por lo que había hecho. Las gotas de agua mojaron el camino entre el cuarto de baño y su habitación. Se tumbó en la cama y se quedó dormido, todavía atacado por los terribles recuerdos de lo que había acontecido.
El sueño fue pesado y se despertó apenas dos horas después de caer en los brazos de Morfeo. Al principio pensó que todo había sido una mala pesadilla, pero las zapatillas sucias a los pies de la cama le recordaron que no, que había pasado una de las peores noches de su corta vida. Antes de volver a dormirse se prometió tener más cuidado de ahí en adelante, de tratar de no volver a pasar por lo que había vivido. Al fin y al cabo, pisar una mierda de perro es algo muy desagradable y todo el mundo se acaba dando de cuenta por el olor.
Y es que la mierda de perro huele muy mal...
Se sentó en la mesa que sus amigos habían reservado. Pidió una cerveza como todos los demás y trató de saborearla, pero el recuerdo aún demasiado reciente de lo que acababa de ocurrir no le permitió disfrutar de la bebida. Sus compañeros al principio no repararon en la mala cara que tenía; al fin y al cabo, era un tío al que la vida no sonreía y no estaba pasando por su mejor momento, por lo que no era raro verlo apagado. Pero cuando habían pasado más de diez minutos y vieron que Martín no se había reído con ninguna de las tonterías que decían se empezaron a preocupar.
-Oye tío, ¿estás bien? -le preguntaron, esperando oír algo malo, como casi siempre que les confesaba cualquier cosa. Martín vaciló. Por un lado no quería contar lo que acababa de pasar, pero por otro lado estaba rodeado por gente que le conocía y que lo entendía, por lo que si debía contárselo a alguien sin duda era a ellos. Así que tomó aire, cerró los ojos y empezó a hablar.
Sudores fríos empezaron a recorrer la espalda de Martín a medida que se acercaba al desenlace de su particular historia. Cuando pronunció la última palabra se sintió extraño: por un lado estaba más tranquilo una vez que lo había contado pero por otra parte no sabía cuál iba a ser la reacción de sus colegas. Empezó a estudiar lo que hacían, tratando de discernir si lo comprendían o lo culpaban. Las reacciones fueron de lo más variopintas: unos se le quedaron mirando mientras que otros en cambio no podían sostenerle la mirada, pasando por los que trataban de desentenderse del tema mientras pelaban con las uñas el botellín de cerveza. De repente Martín se dio cuenta. No importaba con quién estuviera, no importaba si contaba su horrible secreto o no: ese áurea que hacía que los demás se apartaran de él le iba a acompañar a cualquier sitio al que fuera. Con la entereza que le solía caracterizar se levantó de la silla y dijo que no quería arruinarle la noche a los demás y que se iba a su casa. Al menos allí no tenía más compañía que la de sus dos fieles perros que estaban incondicionalmente con él, a pesar de que hiciera cosas horribles como la que acababa de hacer.
Sus amigos trataron de retenerle y tratar de olvidar lo que había pasado, pero fue en vano. Martín había tomado una decisión y la iba a cumplir. Recorrió como pudo la distancia que lo separaba de la puerta y se marchó del local. Quizá el áurea que lo acompañaba se hacía cada vez más notable o quizá eran imaginaciones suyas, pero juraría que la gente se le quedaba mirando a medida que andaba por la calle que lo llevaba a su casa. Llegó media hora después, pálido y sudoroso. Por el camino había estado recapacitando sobre lo que había hecho y había tomado la determinación de no cometer más el mismo error. La cárcel está llena de gente que comete errores..., se lamentó mientras notaba cómo una lágrima corría por su mejilla. Se denudó y entró en la ducha. El agua fría le hacía sentirse menos sucio al mismo tiempo que suponía una especie de autoflagelamiento como castigo por lo que había hecho. Las gotas de agua mojaron el camino entre el cuarto de baño y su habitación. Se tumbó en la cama y se quedó dormido, todavía atacado por los terribles recuerdos de lo que había acontecido.
El sueño fue pesado y se despertó apenas dos horas después de caer en los brazos de Morfeo. Al principio pensó que todo había sido una mala pesadilla, pero las zapatillas sucias a los pies de la cama le recordaron que no, que había pasado una de las peores noches de su corta vida. Antes de volver a dormirse se prometió tener más cuidado de ahí en adelante, de tratar de no volver a pasar por lo que había vivido. Al fin y al cabo, pisar una mierda de perro es algo muy desagradable y todo el mundo se acaba dando de cuenta por el olor.
Y es que la mierda de perro huele muy mal...
miércoles, 2 de febrero de 2011
La primera vez
Pablo estaba nervioso. Sabía que este día llegaría tarde o temprano, pero no estaba seguro de estar a la altura. Todos sus amigos ya lo habían hecho y él no quería ser menos, pero tampoco quería llegar hasta los cuarenta sin vivir esa experiencia. De modo que decidió recurrir a profesionales. Treinta euros es una cantidad moderada, pero a Pablo le pareció un precio demasiado alto. De todos modos lo aceptó. Parece que la crisis no disminuye sus clientes..., se dijo a sí mismo mientras se disponía a empezar.
Se enfundó el látex sobre su piel sudorosa. Cuando se enfrentaba a algo nuevo empezaba a transpirar como si no hubiera mañana. El sudor complicó un poco el proceso, pero se aseguró de que estuviera bien colocado. Hubo un momento en que a causa del pavor estuvo a punto de echarse atrás, pero echó el miedo a un lado y la metió hasta el fondo. La sensación era extraña: estaba eufórico por estar haciendo al fin lo que tanto había deseado pero al mismo tiempo no le parecía nada del otro mundo. Había visto muchos vídeos a escondidas para saber lo que tenía que hacer, pero como él siempre decía sobre todo una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. No sabría decir cuánto tiempo estuvo allí. ¿Un minuto? ¿Quizá dos? Parecía poco, pero para él era más que suficiente. Cuando acabó se aseguró de que hubiera salido hasta la última gota y se apartó del agujero, aquel agujero hasta hoy lleno de misterio pero del que creía ya saber todo.
Una vez realizado el acto se quitó el guante de látex y lo tiró a una papelera cercana, tras lo que se acercó a la dependienta y pagó lo que debía. Se montó en el coche y lo arrancó. Encendió sin problema, la aguja del depósito indicaba que estaba lleno. Perfecto.
Hoy Pablo se convirtió en todo un hombre.
Hoy Pablo le echó él mismo gasolina al coche.
Se enfundó el látex sobre su piel sudorosa. Cuando se enfrentaba a algo nuevo empezaba a transpirar como si no hubiera mañana. El sudor complicó un poco el proceso, pero se aseguró de que estuviera bien colocado. Hubo un momento en que a causa del pavor estuvo a punto de echarse atrás, pero echó el miedo a un lado y la metió hasta el fondo. La sensación era extraña: estaba eufórico por estar haciendo al fin lo que tanto había deseado pero al mismo tiempo no le parecía nada del otro mundo. Había visto muchos vídeos a escondidas para saber lo que tenía que hacer, pero como él siempre decía sobre todo una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. No sabría decir cuánto tiempo estuvo allí. ¿Un minuto? ¿Quizá dos? Parecía poco, pero para él era más que suficiente. Cuando acabó se aseguró de que hubiera salido hasta la última gota y se apartó del agujero, aquel agujero hasta hoy lleno de misterio pero del que creía ya saber todo.
Una vez realizado el acto se quitó el guante de látex y lo tiró a una papelera cercana, tras lo que se acercó a la dependienta y pagó lo que debía. Se montó en el coche y lo arrancó. Encendió sin problema, la aguja del depósito indicaba que estaba lleno. Perfecto.
Hoy Pablo se convirtió en todo un hombre.
Hoy Pablo le echó él mismo gasolina al coche.
lunes, 31 de enero de 2011
Vive el presente
Jaime se sentó en un banco del parque y sacó un pequeño estuche de cuero marrón del que sacó una papelina, un filtro fino y una pizca de tabaco. La luz solar que se colaba entre las ramas de aquella caliente tarde de principios de octubre le alumbró mientras se liaba un cigarro. Mientras lo hacía empezó a recordar lo bien que estaba unos años atrás cuando estudiaba en el bachillerato con una clase unida, de la que sacó grandes amigos. Había pasado mucho tiempo desde aquella época, y aunque había conocido a gente nueva con la que compartía mucho tiempo y grandes momentos no podía evitar recordar aquella parte de su vida con cierta añoranza. No es lo mismo..., se lamentó mientras le daba los últimos retoques al cigarrillo y lo prensaba con una llave.
Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años. Nueva ciudad, nuevos amigos, nuevos estudios... La universidad se presentaba como una excitante y bonita experiencia. Además, su novia también estudiaba en la ciudad a la que se tuvo que mudar. ¿Qué más podía pedir? Estaba estudiando lo que había deseado durante mucho tiempo y con la persona que más quería al lado. Todo iba sobre ruedas.
No podría decir cuándo se empezaron a torcer las cosas. Tardó unos meses en habituarse a la nueva vida y en conocer a gente. Le pareció demasiado tiempo el que tardó en conseguir ambas cosas, pero su carácter notablemente introvertido no había ayudado a acelerar el proceso. Los días pasaban volando y los temidos exámenes se presentaban cada vez más cerca, pero sorprendentemente pasó la prueba con bastante éxito. Cuando se quiso dar cuenta ya habían pasado dos tandas de exámenes y volvía a estar en su pueblo natal con su familia y sus amigos de toda la vida. Con ellos intercambió impresiones de los últimos meses. Se alegraba de la buena marcha de todos ellos e incluso bromeó con la posibilidad de fundar una empresa entre todos. Indudablemente sería una empresa fuera de lo normal. Un ingeniero, un médico, un programador y un técnico montador de redes eléctricas serían sin duda una curiosa mezcla.
Cuando se quiso dar cuenta el verano había acabado y volvía a estar inmerso en la vida universitaria. Pero con un gran cambio: en vez de seguir con la rutina del año anterior que le proporcionó tantos aprobados decidió quedarse en casa e ir preparando las asignaturas por su cuenta. Total, algunos profesores ni siquiera explican y seguro que si voy mirando todo día a día no tengo problemas... Craso error. Esta vez, la tasa de aprobados bajó considerablemente y le hizo replantearse la forma de afrontar el resto del curso. Volvía a ir a clase y estudiaba para tratar de salvar el curso que se había empeñado en joder. Pero cuando volvía a estar centrado en lo que tenía que estar centrado su novia le dio una sorpresa que no esperaba: lo mandaba a tomar por culo porque ya estaba aburrida y además había conocido a otro tío. Obviamente usó otras palabras, pero si en algo él era experto era en leer entre líneas y sacar las cosas claras.
Jaime le dio una profunda calada al cigarro cuando recordó esos tormentosos meses. Se sintió engañado, defraudado, humillado. En su frágil estado mental cometió otro error del que se arrepentiría más tarde: mandó todo a la mierda. No iba a clase, no comía, no se levantaba de la cama. Adelgazó más de diez kilos en poco más de dos meses. Y el curso que se había comprometido a salvar se esfumó sin que él ni siquiera tratara de arreglarlo.
Ese verano fue mucho más diferente que el anterior. Sus amigos trataban de animarlo y de que no se viniera incluso más abajo, pero todo fue en vano. Jaime parecía un alma errante, un saco de carne y huesos sin más vida que la que le proporcionaba su roto corazón. Ya no era el chaval bromista que hacía que los que estuvieran a su alrededor olvidaran sus problemas al menos durante unos minutos. Estaba hundido en una profunda depresión de la que pensaba que nunca saldría.
Los días pasaban grises, a pesar del buen tiempo que reinaba en esa época del año. Repasaba mentalmente cada cita, cada beso, cada palabra. Pero no entendía dónde se podía haber equivocado. Los demás no paraban de repetirle que pasara página, que todavía era muy joven para amargarse tanto por un tema así. Pero a Jaime eso no le valía. No era capaz de entender que es ley de vida; no quería aceptar tener que hacer frente a los cambios, por duros que fueran. Poco a poco se iba consumiendo por dentro.
Pero cuando menos se lo esperaba la cosa cambió. Un veraniego día como otro cualquiera mientras estaba tumbado en la toalla decidió de buscar una explicación en su interior y levantó la vista. Vio a sus amigos jugar al fútbol en la orilla de la playa. Observó a sus amigas hablar mientras tomaban el sol a unos metros de donde él estaba. Y se dio cuenta de que eso era lo que había estado buscando tanto tiempo. No necesitaba tener a una persona que estuviera junto a él, sino que necesitaba a un grupo que lo entendiera y lo ayudara. Y ya tenía ese grupo. Se tapó la cara con las manos y se empezó a reír. Se reía de lo estúpido que había sido, de la simplicidad de las cosas, de cómo a veces nos empeñamos en buscar algo que ya tenemos. Aún sonreía cuando se levantó y corrió hacia sus amigos mientras les pedía que le pasaran el balón.
Un ardor en los labios le despertó de sus pensamientos. Miró hacia abajo y vio que el cigarrilo se había consumido casi hasta el filtro. Le dio una última calada y lo apagó mientras veía cómo el Sol se acababa de perder tras el horizonte. Sacó su móvil del bolsillo y llamó a Isabel para preguntarle si tardaba mucho en llegar. Se habían conocido hacía poco tiempo pero congeniaban de maravilla. Jaime no sabía si sería el inicio de una relación seria o un fugaz capítulo de su vida. Lo que sí sabía es que no había renunciado al amor.
Había renunciado a cometer más errores.
Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años. Nueva ciudad, nuevos amigos, nuevos estudios... La universidad se presentaba como una excitante y bonita experiencia. Además, su novia también estudiaba en la ciudad a la que se tuvo que mudar. ¿Qué más podía pedir? Estaba estudiando lo que había deseado durante mucho tiempo y con la persona que más quería al lado. Todo iba sobre ruedas.
No podría decir cuándo se empezaron a torcer las cosas. Tardó unos meses en habituarse a la nueva vida y en conocer a gente. Le pareció demasiado tiempo el que tardó en conseguir ambas cosas, pero su carácter notablemente introvertido no había ayudado a acelerar el proceso. Los días pasaban volando y los temidos exámenes se presentaban cada vez más cerca, pero sorprendentemente pasó la prueba con bastante éxito. Cuando se quiso dar cuenta ya habían pasado dos tandas de exámenes y volvía a estar en su pueblo natal con su familia y sus amigos de toda la vida. Con ellos intercambió impresiones de los últimos meses. Se alegraba de la buena marcha de todos ellos e incluso bromeó con la posibilidad de fundar una empresa entre todos. Indudablemente sería una empresa fuera de lo normal. Un ingeniero, un médico, un programador y un técnico montador de redes eléctricas serían sin duda una curiosa mezcla.
Cuando se quiso dar cuenta el verano había acabado y volvía a estar inmerso en la vida universitaria. Pero con un gran cambio: en vez de seguir con la rutina del año anterior que le proporcionó tantos aprobados decidió quedarse en casa e ir preparando las asignaturas por su cuenta. Total, algunos profesores ni siquiera explican y seguro que si voy mirando todo día a día no tengo problemas... Craso error. Esta vez, la tasa de aprobados bajó considerablemente y le hizo replantearse la forma de afrontar el resto del curso. Volvía a ir a clase y estudiaba para tratar de salvar el curso que se había empeñado en joder. Pero cuando volvía a estar centrado en lo que tenía que estar centrado su novia le dio una sorpresa que no esperaba: lo mandaba a tomar por culo porque ya estaba aburrida y además había conocido a otro tío. Obviamente usó otras palabras, pero si en algo él era experto era en leer entre líneas y sacar las cosas claras.
Jaime le dio una profunda calada al cigarro cuando recordó esos tormentosos meses. Se sintió engañado, defraudado, humillado. En su frágil estado mental cometió otro error del que se arrepentiría más tarde: mandó todo a la mierda. No iba a clase, no comía, no se levantaba de la cama. Adelgazó más de diez kilos en poco más de dos meses. Y el curso que se había comprometido a salvar se esfumó sin que él ni siquiera tratara de arreglarlo.
Ese verano fue mucho más diferente que el anterior. Sus amigos trataban de animarlo y de que no se viniera incluso más abajo, pero todo fue en vano. Jaime parecía un alma errante, un saco de carne y huesos sin más vida que la que le proporcionaba su roto corazón. Ya no era el chaval bromista que hacía que los que estuvieran a su alrededor olvidaran sus problemas al menos durante unos minutos. Estaba hundido en una profunda depresión de la que pensaba que nunca saldría.
Los días pasaban grises, a pesar del buen tiempo que reinaba en esa época del año. Repasaba mentalmente cada cita, cada beso, cada palabra. Pero no entendía dónde se podía haber equivocado. Los demás no paraban de repetirle que pasara página, que todavía era muy joven para amargarse tanto por un tema así. Pero a Jaime eso no le valía. No era capaz de entender que es ley de vida; no quería aceptar tener que hacer frente a los cambios, por duros que fueran. Poco a poco se iba consumiendo por dentro.
Pero cuando menos se lo esperaba la cosa cambió. Un veraniego día como otro cualquiera mientras estaba tumbado en la toalla decidió de buscar una explicación en su interior y levantó la vista. Vio a sus amigos jugar al fútbol en la orilla de la playa. Observó a sus amigas hablar mientras tomaban el sol a unos metros de donde él estaba. Y se dio cuenta de que eso era lo que había estado buscando tanto tiempo. No necesitaba tener a una persona que estuviera junto a él, sino que necesitaba a un grupo que lo entendiera y lo ayudara. Y ya tenía ese grupo. Se tapó la cara con las manos y se empezó a reír. Se reía de lo estúpido que había sido, de la simplicidad de las cosas, de cómo a veces nos empeñamos en buscar algo que ya tenemos. Aún sonreía cuando se levantó y corrió hacia sus amigos mientras les pedía que le pasaran el balón.
Un ardor en los labios le despertó de sus pensamientos. Miró hacia abajo y vio que el cigarrilo se había consumido casi hasta el filtro. Le dio una última calada y lo apagó mientras veía cómo el Sol se acababa de perder tras el horizonte. Sacó su móvil del bolsillo y llamó a Isabel para preguntarle si tardaba mucho en llegar. Se habían conocido hacía poco tiempo pero congeniaban de maravilla. Jaime no sabía si sería el inicio de una relación seria o un fugaz capítulo de su vida. Lo que sí sabía es que no había renunciado al amor.
Había renunciado a cometer más errores.
jueves, 27 de enero de 2011
Re-presentación
27 de enero de 2010. Hace ya casi un año que creé este blog como una vía de escape donde desahogarme de todas las mierdas del día a día. Realmente pensaba usarlo más de lo que lo hice, pero al final corrió la misma suerte que otras cosas que emprendí con mucha ilusión: cayó en el olvido.
¿A qué es debido que vuelva a escribir? Bueno, digamos que en ocasiones me viene la musa y se me ocurren historias. Relatos que ilustran que la vida tanto puede ser un regalo como una puta que te puede joder en cualquier momento.
¿Seré capaz de expresar con palabras lo que pasa por mi cabeza? Ya se verá.
¿Habrá alguien interesado en lo que dé de si mi mente? Es posible.
De momento ya tengo mi primera seguidora (un saludo, tocaya), que tanto se puede quedar solitaria como convertirse la primera de muchos; de todos modos no es algo que me preocupe en exceso.
Sinceramente no sé si seré capaz de cumplir con lo prometido o si por el contrario abandonaré esto como la última vez. De todos modos espero no ser como el resto de hombres y no tropezar dos veces con la misma piedra.
El tiempo lo dirá...
¿A qué es debido que vuelva a escribir? Bueno, digamos que en ocasiones me viene la musa y se me ocurren historias. Relatos que ilustran que la vida tanto puede ser un regalo como una puta que te puede joder en cualquier momento.
¿Seré capaz de expresar con palabras lo que pasa por mi cabeza? Ya se verá.
¿Habrá alguien interesado en lo que dé de si mi mente? Es posible.
De momento ya tengo mi primera seguidora (un saludo, tocaya), que tanto se puede quedar solitaria como convertirse la primera de muchos; de todos modos no es algo que me preocupe en exceso.
Sinceramente no sé si seré capaz de cumplir con lo prometido o si por el contrario abandonaré esto como la última vez. De todos modos espero no ser como el resto de hombres y no tropezar dos veces con la misma piedra.
El tiempo lo dirá...
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