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sábado, 19 de febrero de 2011

Catorce de febrero

Gonzalo estaba algo nervioso. Llevaba dándole vueltas a una idea en la cabeza desde hacía mucho tiempo y hoy era el día que debería llevarla a la práctica, pero cada vez que quería decirlo se quedaba sin voz y lo único que salía de su boca era un ininteligible sonido gutural. Sin embargo cada vez quedaba menos tiempo para hacerlo, por lo que hizo de tripas corazón y miró a su compañera.

-María, la verdad es que el motivo por el que quedé hoy contigo no es sólo para dar un paseo...

María frunció el ceño y lo miró con cara de desconfianza.

-¿Qué quieres decir? -le preguntó con un tono que indicaba que estaba dispuesta a ayudarlo pero que no se pasara en su petición.

-Verás, como seguro que sabes hoy es San Valentín -empezó a explicar Gonzalo-, y hay una chica que me gusta desde hace mucho tiempo pero no sé cómo decirle lo que siento. En realidad sí que sé lo que quiero decirle, pero tengo miedo a meter la pata y que se lo tome a mal...

-¡Ah, es eso! -María suavizó su expresión y le dedicó una sonrisa para confortarlo-. Mira, lo más importante es que hables con el corazón y que lo digas con confianza. La chica tiene que creerse lo que escucha y eso sólo lo conseguirás si te lo crees tu primero -le explicó, al tiempo que le guiñaba un ojo-. De todos modos, ¿quedaste conmigo sólo para que te dijera esto?

-En realidad no -replicó Gonzalo-. La verdad es que lo que me dijiste es algo que ya tenía más o menos claro, lo que pasa es que creo que lo haría mejor si lo hubiera practicado antes... No sé si ves por dónde van los tiros.

-¡Hala! Así que quieres que te haga de sparring, ¿eh?

-No mujer, no te lo tomes así... Lo que pasa es que eres una chica con la que tengo mucha confianza y sé que esto va a quedar entre los dos, y además si digo algo malo me ayudarás a corregirlo -María parecía indignarse, por lo que Gonzalo pensó que lo mejor era que se lo explicara antes de que la cosa acabara mal.

-Bueno, visto así... De todos modos hoy no tengo ningún plan con ningún chico, así que será algo bonito aunque sea de mentira -le sacó la lengua a medida que hablaba y Gonzalo se tranquilizó al ver que su amiga lo había entendido-. Pues cuando quieras empieza y después te doy mi opinión, ¿vale?

-Vale, vamos allá... La verdad es que es más difícil de lo que había imaginado... -Gonzalo se aclaró la garganta y empezó con su particular dedicatoria de amor-. Verás, como tú bien sabes nos conocemos desde hace unos meses y desde del primer momento no me dejaste indiferente. Antes de que empezáramos a hablar ya me había fijado en ti en clase y te soy sincero cuando te digo que me dejaste encandilado: nunca me había pasado que al ver a una chica me sintiera tan atraído por ella. El día en que nos presentaron fue muy especial para mí, porque veía más cerca el momento de que tú sintieras lo que siento yo por ti y empezáramos a estar juntos. Pero como siempre me pasa, desde el primer momento me viste como a un amigo y no como una posible pareja, y así hemos estado todo este tiempo. Sin embargo, si algo he aprendido en los últimos años es que tienes que jugar tus cartas e ir siempre a por todas, por lo que no me lo voy a guardar más para mí: te quiero. Te quiero desde hace tiempo y me gustaría poder estar a tu lado.

Gonzalo se calló y pensó en lo que acababa de decir. La verdad es que no le salió tal y como lo tenía planeado, pero al menos le había salido un discurso bastante decente. O eso creía. Miró a María para tratar de ver en su cara lo que pensaba, y no sabía si lo que vio lo tranquilizaba o lo ponía nervioso. María estaba mirando para él con expresión seria. Podía ver un extraño brillo en sus ojos que al principio lo achacó al exceso de claridad, pero desechó la idea al darse cuenta de que estaban sentados en un banco del parque en semioscuridad.

-¡Pero di algo! ¿O es que es algo tan ñoño que te quedaste sin palabras? -Gonzalo rompió el silencio. Ese silencio lo incomodaba demasiado.

-Joder, Gonzalo... -al principio se alarmó por esas palabras, pero se tranquilizó mucho al escuchar lo que seguía-. Es precioso. Se nota que tu cerebro no pensaba mientras hablabas, que salía todo de tu corazón. Hasta creo que me he emocionado... -comentó María, mientras se le escapaba una pequeña carcajada-. Mira, díselo a la chica porque te aseguro que te la vas a ganar.

-¿De verdad crees que se lo debo decir?

-Sí, sin ninguna duda.

-Pues es gracioso que lo digas, porque lo acabo de hacer -replicó Gonzalo con una sonrisa.

María se quedó desconcertada. ¿Se lo acababa de decir? ¿Cómo? ¿Acaso le mandó un mensaje de texto a la chica mientras ella luchaba por no llorar? No, eso desde luego que no; Gonzalo no era el tipo de chico que hacía así las cosas. Entonces lo entendió, pero al principio no se lo podía creer. ¿Cómo era posible que le estuviera diciendo eso a ella, cuando había chicas mucho más guapas que lo pretendían? Por supuesto que eso explicaría muchas cosas, pero aún así... Se giró hacia él para decirle lo que estaba pensando, cuando una mano en la parte posterior de su cabeza y unos labios en su boca la sorprendieron. Gonzalo la estaba besando, y ella se dejó llevar. De repente Gonzalo se separó de ella y le susurró al oído un Te quiero lleno de ternura. Esta vez ella no reprimió las lágrimas y con una sonrisa en su boca le dijo que ella también lo quería desde hacía tiempo. Se volvieron a fundir en un beso que nunca querían acabar...





Gonzalo releyó lo que había escrito y le pareció una buena entrada para su blog. Mientras encendía un cigarrillo giró la cabeza hacia la derecha y lo que vio en el espejo le heló la sangre. Allí estaba él, enfrente del ordenador, vistiendo su habitual pantalón blanco y más habitual aún camiseta de Mark Price de los Cavs. Pero había algo diferente a lo que estaba acostumbrado a ver. Encima de sus hombros no estaba su cabeza. Estaba la de Forever Alone.





Un grito rompió el silencio de la noche. Gonzalo se despertó bañado en sudor y con el corazón desbocado. Se echó rápidamente las manos a la cabeza y empezó a palpar. Sintió entre sus dedos la barba, su pelo rizado, la cicatriz de su frente. Por suerte todo había sido una pesadilla...

Empezó a pensar en lo que había soñado y al principio le hizo gracia. Pero cuando se dio cuenta de que estaba durmiendo en una solitaria cama y que por la mañana nadie le esperaría se dio cuenta de que el sueño no iba tan desencaminado...












N. del A. Para los que conozcáis el meme Forever Alone pero no sepáis su procedencia, aquí os dejo la viñeta donde fue creado:

martes, 8 de febrero de 2011

Disparo certero

Un escalofrío recorrió la espalda de Alberto. Muchas cosas habían pasado en las últimas semanas, quizá tantas que no era capaz de procesarlas bien. Gente que ni siquiera conocía se le había acercado para darle consejos, jurando y perjurando que a pesar del más que probable miedo inicial el premio merecía la pena. Alberto se creía fuerte mentalmente, pero a pesar de todo se dejó engatusar por las palabras bonitas y el anhelo de conseguir algo por lo que fuera recordado. Echando la vista atrás se veía incapaz de discernir el momento exacto en el que aceptó el trabajo, ese trabajo del que ya se empezaba a arrepentir. Cada vez que pestañeaba pedía a Dios que cuando abriera los ojos se encontrara metido en cama y todo hubiera sido fruto de su imaginación, pero el peso del rifle en sus manos y el creciente dolor en su clavícula debido a la culata del arma echaban por tierra esos pensamientos: lo que estaba viviendo era completamente real.

Una gota de sudor bajó lentamente por su frente hasta caer en su ojo izquierdo. Frunció el ceño, pero no hizo ningún ademán de limpiarse esa sensible parte del cuerpo que cada vez le escocía más. Le vinieron a la mente escenas de aquellas películas policíacas de serie B que veía en la soledad de su dormitorio, en las que un nervioso doctor luchaba contra el tiempo para poder extraer con éxito la bala que normalmente se alojaba en el tórax del policía protagonista. En ellas el cirujano tenía a su disposición al menos cinco enfermeras, y una se dedicaba en exclusiva a secar su sudorosa frente. Cada vez que Alberto veía eso se echaba a reír, pensando que no era tan difícil levantar un brazo y secarse a la manga de la camisa como hacía todo el mundo. Ahora no le hacía tanta gracia. Joder, ojalá fuera médico, pensó, claro que los médicos se dedican a salvar vidas y no a quitarlas... Abrió y cerró repetidamente el ojo dañado hasta que el dolor empezó a remitir y se centró en la misión que tenía entre manos.

Giró levemente el cañón del rifle hasta que la mirilla estaba perfectamente alineada con su objetivo. El hecho de que lo que estaba apuntando estuviera quieto le facilitaría mucho las cosas, permitiéndole hacer un trabajo limpio y rápido. Se detuvo a pensar si quizá lo había visto y por eso estaba inmóvil o si acaso el motivo pudiera ser que estuviera esperando por un amigo o, peor aún, su novia. Desechó rápidamente esas ideas. Recordó sus días de entrenamiento: ¡nunca te pongas en el lugar de tu objetivo ni fantasees con lo que pueda estar haciendo, si no no serás capaz de hacer nada! Cerró levemente el ojo, apuntó a lo que creía era una zona vital y apretó el gatillo.

El sonido fue corto, potente y seco, y el retroceso hizo que su maltrecho hombro le recordara que no estaba hecho de acero. Se irguió poco a poco y abrió los ojos para comprobar el estado de su víctima. Lo que vio no podía ser más dantesco: su objetivo estaba tambaleándose de pie, a punto de caer, y a su alrededor había esparcidos trozos de su cuerpo mutilado. Antes de desplomarse por completo, Alberto pudo ver en sus vidriosos ojos la incomprensión de no saber qué había hecho para merecerse ese final. Moriría con esa duda. Por su parte, Alberto se giró en redondo y se alejó del lugar mientras una sonrisa comenzaba a florecer en su boca.

-¡¡Premiooo!! ¡¡Tenemos premio, señores!!-. El dueño de la barraca felicitó a Alberto por haber sido capaz de romper el palillo por la mitad, mientras que sus amigos hacían lo propio acompañando la celebración con algún que otro aullido cual lobos en celo. Albertó eligió un peluche con forma de oso y alargó el brazo para regalárselo a su novia, quien le correspondió con un beso. Había conseguido lo que quería.

Misión cumplida.

domingo, 6 de febrero de 2011

Basado en hechos reales

La música se elevaba por encima de las insustanciales conversaciones que eran mantenidas en el pub. La gente discutía sobre si una prenda de ropa quedaba mejor con zapatos o con tenis, sobre si Cristiano Ronaldo estaba en mejor momento que Messi, sobre todas esas nimiedades usadas para crear esa falsa sensación de camaradería que la gente tanta ansía, sobre todo de noche. Martín no prestaba atención a nada de eso. Había cometido un gran error del que ya se empezaba a arrepentir, pero ya no había vuelta atrás...

Se sentó en la mesa que sus amigos habían reservado. Pidió una cerveza como todos los demás y trató de saborearla, pero el recuerdo aún demasiado reciente de lo que acababa de ocurrir no le permitió disfrutar de la bebida. Sus compañeros al principio no repararon en la mala cara que tenía; al fin y al cabo, era un tío al que la vida no sonreía y no estaba pasando por su mejor momento, por lo que no era raro verlo apagado. Pero cuando habían pasado más de diez minutos y vieron que Martín no se había reído con ninguna de las tonterías que decían se empezaron a preocupar.
-Oye tío, ¿estás bien? -le preguntaron, esperando oír algo malo, como casi siempre que les confesaba cualquier cosa. Martín vaciló. Por un lado no quería contar lo que acababa de pasar, pero por otro lado estaba rodeado por gente que le conocía y que lo entendía, por lo que si debía contárselo a alguien sin duda era a ellos. Así que tomó aire, cerró los ojos y empezó a hablar.

Sudores fríos empezaron a recorrer la espalda de Martín a medida que se acercaba al desenlace de su particular historia. Cuando pronunció la última palabra se sintió extraño: por un lado estaba más tranquilo una vez que lo había contado pero por otra parte no sabía cuál iba a ser la reacción de sus colegas. Empezó a estudiar lo que hacían, tratando de discernir si lo comprendían o lo culpaban. Las reacciones fueron de lo más variopintas: unos se le quedaron mirando mientras que otros en cambio no podían sostenerle la mirada, pasando por los que trataban de desentenderse del tema mientras pelaban con las uñas el botellín de cerveza. De repente Martín se dio cuenta. No importaba con quién estuviera, no importaba si contaba su horrible secreto o no: ese áurea que hacía que los demás se apartaran de él le iba a acompañar a cualquier sitio al que fuera. Con la entereza que le solía caracterizar se levantó de la silla y dijo que no quería arruinarle la noche a los demás y que se iba a su casa. Al menos allí no tenía más compañía que la de sus dos fieles perros que estaban incondicionalmente con él, a pesar de que hiciera cosas horribles como la que acababa de hacer.

Sus amigos trataron de retenerle y tratar de olvidar lo que había pasado, pero fue en vano. Martín había tomado una decisión y la iba a cumplir. Recorrió como pudo la distancia que lo separaba de la puerta y se marchó del local. Quizá el áurea que lo acompañaba se hacía cada vez más notable o quizá eran imaginaciones suyas, pero juraría que la gente se le quedaba mirando a medida que andaba por la calle que lo llevaba a su casa. Llegó media hora después, pálido y sudoroso. Por el camino había estado recapacitando sobre lo que había hecho y había tomado la determinación de no cometer más el mismo error. La cárcel está llena de gente que comete errores..., se lamentó mientras notaba cómo una lágrima corría por su mejilla. Se denudó y entró en la ducha. El agua fría le hacía sentirse menos sucio al mismo tiempo que suponía una especie de autoflagelamiento como castigo por lo que había hecho. Las gotas de agua mojaron el camino entre el cuarto de baño y su habitación. Se tumbó en la cama y se quedó dormido, todavía atacado por los terribles recuerdos de lo que había acontecido.

El sueño fue pesado y se despertó apenas dos horas después de caer en los brazos de Morfeo. Al principio pensó que todo había sido una mala pesadilla, pero las zapatillas sucias a los pies de la cama le recordaron que no, que había pasado una de las peores noches de su corta vida. Antes de volver a dormirse se prometió tener más cuidado de ahí en adelante, de tratar de no volver a pasar por lo que había vivido. Al fin y al cabo, pisar una mierda de perro es algo muy desagradable y todo el mundo se acaba dando de cuenta por el olor.

Y es que la mierda de perro huele muy mal...

miércoles, 2 de febrero de 2011

La primera vez

Pablo estaba nervioso. Sabía que este día llegaría tarde o temprano, pero no estaba seguro de estar a la altura. Todos sus amigos ya lo habían hecho y él no quería ser menos, pero tampoco quería llegar hasta los cuarenta sin vivir esa experiencia. De modo que decidió recurrir a profesionales. Treinta euros es una cantidad moderada, pero a Pablo le pareció un precio demasiado alto. De todos modos lo aceptó. Parece que la crisis no disminuye sus clientes..., se dijo a sí mismo mientras se disponía a empezar.

Se enfundó el látex sobre su piel sudorosa. Cuando se enfrentaba a algo nuevo empezaba a transpirar como si no hubiera mañana. El sudor complicó un poco el proceso, pero se aseguró de que estuviera bien colocado. Hubo un momento en que a causa del pavor estuvo a punto de echarse atrás, pero echó el miedo a un lado y la metió hasta el fondo. La sensación era extraña: estaba eufórico por estar haciendo al fin lo que tanto había deseado pero al mismo tiempo no le parecía nada del otro mundo. Había visto muchos vídeos a escondidas para saber lo que tenía que hacer, pero como él siempre decía sobre todo una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. No sabría decir cuánto tiempo estuvo allí. ¿Un minuto? ¿Quizá dos? Parecía poco, pero para él era más que suficiente. Cuando acabó se aseguró de que hubiera salido hasta la última gota y se apartó del agujero, aquel agujero hasta hoy lleno de misterio pero del que creía ya saber todo.

Una vez realizado el acto se quitó el guante de látex y lo tiró a una papelera cercana, tras lo que se acercó a la dependienta y pagó lo que debía. Se montó en el coche y lo arrancó. Encendió sin problema, la aguja del depósito indicaba que estaba lleno. Perfecto.
Hoy Pablo se convirtió en todo un hombre.
Hoy Pablo le echó él mismo gasolina al coche.