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domingo, 6 de febrero de 2011

Basado en hechos reales

La música se elevaba por encima de las insustanciales conversaciones que eran mantenidas en el pub. La gente discutía sobre si una prenda de ropa quedaba mejor con zapatos o con tenis, sobre si Cristiano Ronaldo estaba en mejor momento que Messi, sobre todas esas nimiedades usadas para crear esa falsa sensación de camaradería que la gente tanta ansía, sobre todo de noche. Martín no prestaba atención a nada de eso. Había cometido un gran error del que ya se empezaba a arrepentir, pero ya no había vuelta atrás...

Se sentó en la mesa que sus amigos habían reservado. Pidió una cerveza como todos los demás y trató de saborearla, pero el recuerdo aún demasiado reciente de lo que acababa de ocurrir no le permitió disfrutar de la bebida. Sus compañeros al principio no repararon en la mala cara que tenía; al fin y al cabo, era un tío al que la vida no sonreía y no estaba pasando por su mejor momento, por lo que no era raro verlo apagado. Pero cuando habían pasado más de diez minutos y vieron que Martín no se había reído con ninguna de las tonterías que decían se empezaron a preocupar.
-Oye tío, ¿estás bien? -le preguntaron, esperando oír algo malo, como casi siempre que les confesaba cualquier cosa. Martín vaciló. Por un lado no quería contar lo que acababa de pasar, pero por otro lado estaba rodeado por gente que le conocía y que lo entendía, por lo que si debía contárselo a alguien sin duda era a ellos. Así que tomó aire, cerró los ojos y empezó a hablar.

Sudores fríos empezaron a recorrer la espalda de Martín a medida que se acercaba al desenlace de su particular historia. Cuando pronunció la última palabra se sintió extraño: por un lado estaba más tranquilo una vez que lo había contado pero por otra parte no sabía cuál iba a ser la reacción de sus colegas. Empezó a estudiar lo que hacían, tratando de discernir si lo comprendían o lo culpaban. Las reacciones fueron de lo más variopintas: unos se le quedaron mirando mientras que otros en cambio no podían sostenerle la mirada, pasando por los que trataban de desentenderse del tema mientras pelaban con las uñas el botellín de cerveza. De repente Martín se dio cuenta. No importaba con quién estuviera, no importaba si contaba su horrible secreto o no: ese áurea que hacía que los demás se apartaran de él le iba a acompañar a cualquier sitio al que fuera. Con la entereza que le solía caracterizar se levantó de la silla y dijo que no quería arruinarle la noche a los demás y que se iba a su casa. Al menos allí no tenía más compañía que la de sus dos fieles perros que estaban incondicionalmente con él, a pesar de que hiciera cosas horribles como la que acababa de hacer.

Sus amigos trataron de retenerle y tratar de olvidar lo que había pasado, pero fue en vano. Martín había tomado una decisión y la iba a cumplir. Recorrió como pudo la distancia que lo separaba de la puerta y se marchó del local. Quizá el áurea que lo acompañaba se hacía cada vez más notable o quizá eran imaginaciones suyas, pero juraría que la gente se le quedaba mirando a medida que andaba por la calle que lo llevaba a su casa. Llegó media hora después, pálido y sudoroso. Por el camino había estado recapacitando sobre lo que había hecho y había tomado la determinación de no cometer más el mismo error. La cárcel está llena de gente que comete errores..., se lamentó mientras notaba cómo una lágrima corría por su mejilla. Se denudó y entró en la ducha. El agua fría le hacía sentirse menos sucio al mismo tiempo que suponía una especie de autoflagelamiento como castigo por lo que había hecho. Las gotas de agua mojaron el camino entre el cuarto de baño y su habitación. Se tumbó en la cama y se quedó dormido, todavía atacado por los terribles recuerdos de lo que había acontecido.

El sueño fue pesado y se despertó apenas dos horas después de caer en los brazos de Morfeo. Al principio pensó que todo había sido una mala pesadilla, pero las zapatillas sucias a los pies de la cama le recordaron que no, que había pasado una de las peores noches de su corta vida. Antes de volver a dormirse se prometió tener más cuidado de ahí en adelante, de tratar de no volver a pasar por lo que había vivido. Al fin y al cabo, pisar una mierda de perro es algo muy desagradable y todo el mundo se acaba dando de cuenta por el olor.

Y es que la mierda de perro huele muy mal...

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