Busca y encontrarás

lunes, 31 de enero de 2011

Vive el presente

Jaime se sentó en un banco del parque y sacó un pequeño estuche de cuero marrón del que sacó una papelina, un filtro fino y una pizca de tabaco. La luz solar que se colaba entre las ramas de aquella caliente tarde de principios de octubre le alumbró mientras se liaba un cigarro. Mientras lo hacía empezó a recordar lo bien que estaba unos años atrás cuando estudiaba en el bachillerato con una clase unida, de la que sacó grandes amigos. Había pasado mucho tiempo desde aquella época, y aunque había conocido a gente nueva con la que compartía mucho tiempo y grandes momentos no podía evitar recordar aquella parte de su vida con cierta añoranza. No es lo mismo..., se lamentó mientras le daba los últimos retoques al cigarrillo y lo prensaba con una llave.

Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años. Nueva ciudad, nuevos amigos, nuevos estudios... La universidad se presentaba como una excitante y bonita experiencia. Además, su novia también estudiaba en la ciudad a la que se tuvo que mudar. ¿Qué más podía pedir? Estaba estudiando lo que había deseado durante mucho tiempo y con la persona que más quería al lado. Todo iba sobre ruedas.

No podría decir cuándo se empezaron a torcer las cosas. Tardó unos meses en habituarse a la nueva vida y en conocer a gente. Le pareció demasiado tiempo el que tardó en conseguir ambas cosas, pero su carácter notablemente introvertido no había ayudado a acelerar el proceso. Los días pasaban volando y los temidos exámenes se presentaban cada vez más cerca, pero sorprendentemente pasó la prueba con bastante éxito. Cuando se quiso dar cuenta ya habían pasado dos tandas de exámenes y volvía a estar en su pueblo natal con su familia y sus amigos de toda la vida. Con ellos intercambió impresiones de los últimos meses. Se alegraba de la buena marcha de todos ellos e incluso bromeó con la posibilidad de fundar una empresa entre todos. Indudablemente sería una empresa fuera de lo normal. Un ingeniero, un médico, un programador y un técnico montador de redes eléctricas serían sin duda una curiosa mezcla.

Cuando se quiso dar cuenta el verano había acabado y volvía a estar inmerso en la vida universitaria. Pero con un gran cambio: en vez de seguir con la rutina del año anterior que le proporcionó tantos aprobados decidió quedarse en casa e ir preparando las asignaturas por su cuenta. Total, algunos profesores ni siquiera explican y seguro que si voy mirando todo día a día no tengo problemas... Craso error. Esta vez, la tasa de aprobados bajó considerablemente y le hizo replantearse la forma de afrontar el resto del curso. Volvía a ir a clase y estudiaba para tratar de salvar el curso que se había empeñado en joder. Pero cuando volvía a estar centrado en lo que tenía que estar centrado su novia le dio una sorpresa que no esperaba: lo mandaba a tomar por culo porque ya estaba aburrida y además había conocido a otro tío. Obviamente usó otras palabras, pero si en algo él era experto era en leer entre líneas y sacar las cosas claras.

Jaime le dio una profunda calada al cigarro cuando recordó esos tormentosos meses. Se sintió engañado, defraudado, humillado. En su frágil estado mental cometió otro error del que se arrepentiría más tarde: mandó todo a la mierda. No iba a clase, no comía, no se levantaba de la cama. Adelgazó más de diez kilos en poco más de dos meses. Y el curso que se había comprometido a salvar se esfumó sin que él ni siquiera tratara de arreglarlo.

Ese verano fue mucho más diferente que el anterior. Sus amigos trataban de animarlo y de que no se viniera incluso más abajo, pero todo fue en vano. Jaime parecía un alma errante, un saco de carne y huesos sin más vida que la que le proporcionaba su roto corazón. Ya no era el chaval bromista que hacía que los que estuvieran a su alrededor olvidaran sus problemas al menos durante unos minutos. Estaba hundido en una profunda depresión de la que pensaba que nunca saldría.

Los días pasaban grises, a pesar del buen tiempo que reinaba en esa época del año. Repasaba mentalmente cada cita, cada beso, cada palabra. Pero no entendía dónde se podía haber equivocado. Los demás no paraban de repetirle que pasara página, que todavía era muy joven para amargarse tanto por un tema así. Pero a Jaime eso no le valía. No era capaz de entender que es ley de vida; no quería aceptar tener que hacer frente a los cambios, por duros que fueran. Poco a poco se iba consumiendo por dentro.

Pero cuando menos se lo esperaba la cosa cambió. Un veraniego día como otro cualquiera mientras estaba tumbado en la toalla decidió de buscar una explicación en su interior y levantó la vista. Vio a sus amigos jugar al fútbol en la orilla de la playa. Observó a sus amigas hablar mientras tomaban el sol a unos metros de donde él estaba. Y se dio cuenta de que eso era lo que había estado buscando tanto tiempo. No necesitaba tener a una persona que estuviera junto a él, sino que necesitaba a un grupo que lo entendiera y lo ayudara. Y ya tenía ese grupo. Se tapó la cara con las manos y se empezó a reír. Se reía de lo estúpido que había sido, de la simplicidad de las cosas, de cómo a veces nos empeñamos en buscar algo que ya tenemos. Aún sonreía cuando se levantó y corrió hacia sus amigos mientras les pedía que le pasaran el balón.


Un ardor en los labios le despertó de sus pensamientos. Miró hacia abajo y vio que el cigarrilo se había consumido casi hasta el filtro. Le dio una última calada y lo apagó mientras veía cómo el Sol se acababa de perder tras el horizonte. Sacó su móvil del bolsillo y llamó a Isabel para preguntarle si tardaba mucho en llegar. Se habían conocido hacía poco tiempo pero congeniaban de maravilla. Jaime no sabía si sería el inicio de una relación seria o un fugaz capítulo de su vida. Lo que sí sabía es que no había renunciado al amor.
Había renunciado a cometer más errores.

No hay comentarios:

Publicar un comentario